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Echagüe, Alberto

Por Ricardo García Blaya

Nombre real: Juan de Dios Osvaldo Rodríguez Bonfanti
Cantor y autor.
(8 de marzo de 1909 – 22 de febrero 1987)

Mi relación con Alberto Echagüe es muy especial porque fui entrañable amigo de su hijo Osvaldo, lamentablemente fallecido muy joven.

No puedo ser imparcial, porque tuve la suerte de escucharlo con el mejor de los testigos, quien me relataba historias que eran verdaderas imágenes de un chico hacia su padre artista.

Se mezclaban los resentimientos de las largas ausencias, la incomprensión de un ambiente tanguero que se iba degradando con el paso del tiempo y que nada tenía que ver con su circunstancia y su educación. Hasta tal punto que Osvaldo hizo su vida alejado del padre y con una visión crítica, hasta vergonzosa de él.

Pero ocurrió algo muy curioso a partir de la muerte del cantor. La actitud distante se convirtió en una profunda reivindicación que lo llevó a comprender y revalorizar con orgullo el valor humano y artístico de su padre.

Juntos, aprendí a conocer sobre la popularidad que tuvo este artista en los años cuarenta, pero lo más importante fue valorar las "perlas" de su repertorio, haciendo míos los dos tangos preferidos de Osvaldo: "Indiferencia" y "Este carnaval".

Es verdad, Echagüe no fue técnicamente un gran cantor y más si lo comparamos con la excelencia vocal que abundaba en la década del cuarenta. Pero reconozcamos que cuando se lo permitía el vértigo de D'Arienzo, afloraba una voz sensible, por momentos dramática, que sabía contar eficazmente el relato de la letra.

Fue el cantor más importante de la orquesta, el más taquillero, pero además, un caballero, un hombre de bien al que nunca la fama lo mareó y que, pese a los avatares de su carrera artística, supo formar una familia y ganarse el cariño de todos los que lo conocieron.

No puedo evitar encontrarle algo familiar con Ángel Vargas. No se si el estilo canyengue, o el fraseo reo, o el registro, pero algo tienen, más allá del hecho de que ambos cantaran para Ángel D'Agostino. Pero lo cierto es, que la carrera de uno y otro estuvo signada por la calidad y repertorio de dos orquestas muy diferentes, donde evidentemente, Echagüe no resultó beneficiado.

Comienza cantando desde muy chico en la ciudad de Rosario (la ciudad más importante de la provincia de Santa Fe, distante 300 km de Buenos Aires).

En los primeros años de la década del treinta se muda a Buenos Aires y debuta en Radio Stentor con su nombre artístico Alberto Echagüe.

En el año 1932 es cantor de la orquesta de Ángel D'Agostino, actuando en el cabaret Casanova y en el teatro París. Es el propio D'Agostino quien le presenta a Juan D'Arienzo, que lo invita a Radio El Mundo a escuchar su orquesta. Allí se produce la chispa que enciende uno de los binomios más populares del cuarenta: D'Arienzo-Echagüe.

Cuenta Gutiérrez Miglio, en su libro “El tango y sus intérpretes” volumen 1, que en esa ocasión cuando «llega el momento y la orquesta irrumpe con el tango "Madre", Alberto Echagüe le hace una seña a D'Arienzo ofreciéndose para cantar el estribillo. El maestro, con la cabeza, contesta afirmativamente y Echagüe canta. Al rato llega el director artístico de la radio y pregunta quién cantó. D'Arienzo le contesta y el director le dice: “Ese es el cantor de tu orquesta”.»

Actúan en el cabaret Chantecler, en Radio El Mundo y en un sinnúmero de bailes y clubes. El suceso es impresionante, dejando en el disco 27 temas, comenzando por "Indiferencia", el 4 de enero de 1938, hermoso tango de Juan Carlos Thorry y Rodolfo Biagi, finalizando esta etapa el 22 de diciembre de 1939 con "Trago amargo" (de Rafael Iriarte y Julio Navarrine).

Tentado por el pianista Juan Polito, Echagüe se aleja de la orquesta y continua su labor con este, actuando en la clásica confitería Richmond, además de bailes y actuaciones en clubs y teatros de barrio.

La relación del cantor con “El Rey del compás” tuvo varias etapas, que se prolongan hasta el año 1975. La segunda de ellas comienza en 1944 y va hasta 1957, es la más prolongada, y también la más exitosa. La orquesta es una tromba y el cantor no le va en zaga. La calidad de los temas es muy dispar y el repertorio apuntaba al éxito comercial y no al logro artístico.

No obstante lo expresado algunos temas son antológicos: "Este carnaval" (de Luis y Miguel Caruso), "Paciencia" (de D'Arienzo y Francisco Gorrindo) y la singular versión de "Esta noche me emborracho" (de Enrique Santos Discepolo) son pruebas de esta aseveración.

El otro cantor de la orquesta era Armando Laborde que, por su estilo y características vocales era un ideal complemento al trabajo de Echagüe. Tanto es así que en el año 1957 ambos se separan de la orquesta y forman la propia con la dirección del bandoneonista Alberto Di Paulo. Graban para el sello Odeón "Soy varón" y "Nosotros", y para el sello Philips "La refinada" (milonga) y "Carloncho".

Tres años más tarde, en 1960, ingresa a la orquesta de Juan Sánchez Gorio y actúa en Radio El Mundo, grabando dos temas.

Ya nuestro cantor era un solista consagrado, dedicado a amenizar bailes y a actuar en radio y televisión.

En 1968 comienza la tercera y última etapa con el maestro D'Arienzo, viaja a Japón y obtiene un extraordinario éxito. Lo curioso de la anécdota es que la orquesta viaja sola, sin su director que era fóbico a los aviones.

Los tiempos habían cambiado, el deterioro artístico era evidente, pero los fanáticos seguían fieles al ritmo y a la voz del famoso rubro. De esta época rescato el tango "Mala suerte" (de Francisco Lomuto y Francisco Gorrindo) grabado el 11 de diciembre de 1974, y "Vamos Topo todavía", dedicado al jockey uruguayo Vilmar Sanguinetti, del 31 de enero de 1975, es decir un año antes del fallecimiento de D'Arienzo y la última del binomio.

Alberto Echagüe fue un viajero incansable, recorrió toda América y Estados Unidos, donde estuvo en cinco oportunidades.

Es autor de los tangos "Gladiolo", "Tus cartas cómo tardan" y "La tango", todos ellos con música de Carlos Lázzari; "Alias Orquídea", con el productor televisivo Alfredo Gago y "Porque tú me lo pides", con Enrique Alessio.

Esta semblanza hecha con la ternura y emoción de los recuerdos más lindos, intenta ser el homenaje póstumo al padre de mi querido amigo Osvaldo Rodríguez, a quien nunca le voy a perdonar que se haya ido.

Escaris Méndez, Eduardo

Por José Gobello

Poeta
(24 de julio de 1888 - 13 de abril de 1957)
Seudónimo: Eduardo Méndez

Que hombre de alguna cultura y estaba singularmente dotado para la versificación. Llevó, sin embargo, una vida irregular que, si por una parte le permitió adquirir la experiencia necesaria para escribir "La cornetita" y "Barajando", por otra le impidió ensayar composiciones de más alto vuelo.

Méndez se decía discípulo de Andrés Cepeda —el famoso poeta ladrón—; vivió muchos años explotando locales de juego; al fin de su vida vendió libros en las famosas bouquineries del Cabildo (llevadas luego a la plaza Lavalle) y terminó sus días —como Pascual Contursi, como Dante A. Linyera— en una casa de locos: el Hospicio de las Mercedes.

Su obra comprende títulos tales como "Tus aros criollos", estilo con música de Alfredo E. Casella; "Así canto yo" y "La cornetita", tangos con música de Graciano de Leone; "Media noche", tango con música de Alberto Tavarozzi; "La rodada", canción criolla con música de Eduardo Bonessi; "Barajando", "En la vía", "Funyi claro", "El tacuarazo" y "Taquerita chispeadora", tangos con música del pianista Nicolás Vaccaro. Tenemos que agregar a esta lista, el tango "Campaneando la vejez", con música de Rosita Quiroga.

"En la vía" fue estrenado por Rosita Quiroga en 1926. De "La cornetita" dice Daniel J. Cárdenas: «La primera y única edición de este tango salió de la imprenta el 6 de agosto de 1927 y constaba de 3.000 ejemplares. Se vendieron muy pocos porque la letra no se prestaba para ser cantada en público» (Comunicación a la Academia Porteña del Lunfardo Nº 596).

En cuanto a "Barajando", que tiene copyright de 1923, informó el autor de la música, señor Vaccaro, que fue estrenado en 1928, en el cine Metropol, por la orquesta que dirigía Roque Biafore y en la que el mismo Vaccaro actuó circunstancialmente y por breve tiempo.

El poeta e investigador, Horacio Ferrer lo describe en su “Libro del Tango”: «Escritor de corte lunfardesco en tesitura próxima a Felipe H. Fernández "Yacaré" y a Bartolomé Aprile, y a todos los bardos de arrabal que se inspiraron en el lenguaje canero para crear una corriente de tipo humorístico en poemas, viñetas y letras de tango». Menciona además, otro tango: "Cinta azul", con música de Graciano de Leone.

Espósito, Genaro

Por Jorge Palacio (Faruk)

Bandoneonista, guitarrista, pianista, compositor y director
(17 de febrero de 1886 - 24 de enero de 1944)
Apodo: El Tano Genaro
Nombre completo: Genaro Ricardo Espósito

Este destacado músico, pionero entre los que formaron las primeras orquestas típicas, nació en el barrio de San Telmo de la ciudad de Buenos Aires. Lo mismo que sus colegas del fueye, aprendió a tocarlo de oído con el maestro Antonio Solari, uno de los primitivos "descubridores" del instrumento y pionero en su enseñanza. También de oído fue que aprendió el piano y la guitarra. Recién cuando viajó a Europa, en 1920, adquirió conocimientos musicales académicos.

"El Tano Genaro", cuando aún no tenía sólidos conocimientos musicales, fue maestro de dos grandes bandoneonistas: Anselmo Aieta y Ricardo Luis Brignolo.

«El "Tano Genaro" representa el despertar de la zurda de los fueyeros "guardaviejistas", junto al "Alemán" Bernstein, que tenía un notable dominio de ambas manos», nos dice Oscar Zucchi en su libro "El Tango. El bandoneón y sus intérpretes".

Su primer conjunto, con el violín de Federico Lafemina y la guitarra de Torres, data de 1908, y lo formó para tocar en reuniones barriales.

Dos años más tarde, debutó en el café "La Marina", de Suárez y Necochea em el pintoresco barrio de la Boca, integrando un trío con el violín de Agustín Bardi -el "Chino"-, y la guitarra de José Camarano, el "Tuerto".

En 1911, pasó a un café de San Telmo, reemplazando a Bardi por Enrique Muñecas. Con los mismos músicos actuó en "La Buseca" de Avellaneda (suburbio de Buenos Aires), para volver a "La Marina" en 1912, esta vez con Alcides Palavecino en violín y Harold Philips en piano.

Ese mismo año fue contratado por el sello Victor para grabar con un conjunto integrado por bandoneón, violín, guitarra y clarinete, bajo el rubro "Orquesta Típica Gennaro Espósito", no se conocen el nombre de los integrantes.

Su primera grabación fue el tango "Ya vengo", de Julián Robledo. En el acople del disco, nº 63712, está el vals "Las violetas", primer registro también, de Ignacio Corsini.

Continuó su labor discográfica en los sellos Columbia Record, ERA y Atlanta. En Columbia con la participación de Tito Roccatagliatta en violín y Roberto Firpo en piano; en ERA grabó con Julio Doutry (violín), José Fuster (flauta) y José Camarano (guitarra); y en Atlanta con Pedro Vicente Festa (violín), Echeverri (flauta) y otra vez Camarano.

Cambiando siempre de ejecutantes, se presentó en el "Palais de Glace" con Vicente Pepe en violín, Vicente Pecci en flauta y Guillermo Saborido en guitarra. Luego, para actuar en cafés de la Boca, convocó a Ernesto Zambonini (violín) y a Juan Carlos Cobián (piano).

Después de realizar una exitosa gira por las provincias de Córdoba y Tucumán, volvió en 1918 a Buenos Aires para actuar en el teatro "Roma", con su hermano Carlitos corno segundo bandoneón, Alcides Palavecino en violín y Vicente Gorrese "Kalisay", en piano. Con ellos y con otros elementos registró para el sello Telephone sus últimas seis grabaciones en la Argentina.

En 1919 pasó a integrar la orquesta de Eduardo Arolas en la ciudad de Montevideo y fue figura de atracción en el café "Zunino" de esa ciudad. Estas fueron sus últimas actuaciones en Sudamérica.

El año clave en la carrera del "Tano Genaro" fue 1920, porque partió rumbo a Marsella, en un barco de carga, junto al bandoneonista Manuel Pizarro y al violinista francés Víctor Jachia. El "Tano" y Pizarro tocaron puerto francés el 6 de agosto de ese año, pero solos, ya que Jachia murió en la travesía.

Tras una corta actuación en Marsella, viajaron a París, en 1921, donde la orquesta Genaro-Pizarro fue contratada para actuar en los dancings "Fontaine" y "Pavillon Dauphine" y estaba integrada por los músicos Güerino Filipotto y Celestino Ferrer, los demás eran franceses. El conjunto se disolvió cuando Pizarro regresó por una temporada a Buenos Aires en 1922.

Genaro Espósito siguió actuando en Europa con mucho éxito hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, con su "Orchestre Argentine Genaro Espósito", presentándose en locales de fama internacional como "El Garrón", "Le parroquete" y en el foyer del "Casino de París".

También en grabó discos en Francia, para los sellos Columbia (entre 1924 y 1927), Fotosonor (1931), Decca (1935), M.A.X.S.A. y Gramophone (1931).

Su obra autoral es extensa. Entre sus tangos más representativos se encuentran: "La percanta", "Receta médica", "Bijou", "La montura", "Eulogia (Los de la banda)", "Manuel Lema", "Juan José", "Mon petit Claude", "El crack Larrea", "Pare la música", "El goruta", "Don Machado", "La cubanita", "El manantial", "Conflicto", "La pelada" y "Mi negra". Los valses: "Pienso en ti sin cesar", "Amor desesperado", "La flor del pago", entre otros y la polca "La cantinera".

Falleció en París, el 24 de enero de 1944, en pleno conflicto bélico. «Fue, sin duda alguna», nos dice Zucchi, «uno de los más grandes propulsores del tango en Europa... a quien se debe, en buena medida, el auge que nuestro tango alcanzara en el viejo continente».

Expósito, Homero

por Luis Adolfo Sierra

Poeta y letrista
(5 de noviembre de 1918 - 23 de septiembre de 1987)
Apodo: Mimo

La poesía del tango, que es probablemente la única manifestación musical popular de nuestro tiempo con letra formalmente argumentada, tiene sus precisas e ineludibles reglas de juego, de las que no es posible apartarse sin riesgo de incurrir en inautenticidad o desvirtuación de su definido e inconfundible carácter. Tales reglas de juego conforman una temática y una sensibilidad temperamental, inalienablemente propias del tango rioplatense.

No se trata, claro está, de estrictos cánones convencionalmente establecidos, los que habrán de conferirle fisonomía característica a la creación poética del tango. Las letras encierran breves relatos versificados, preferentemente sentimentales, nostálgicos o evocativos, dentro de un marco ambiental costumbrista. E incluso a veces, picaresco o risueñamente humorístico.

Pero estructurados originariamente para ser acoplados a la música del tango. Y para ningún otro género musical popular que no sea el tango. Porque inversamente, cuando a la música del tango se le pretende adaptar una composición poética standard, de esas que encajan indistintamente en cualquier género musical popular sin identificar a ninguno, nos encontramos lisa y llanamente, con que el pretendido tango deja de serlo. Y de ahí, pues, que siguen predominando con vigencia inalterable los clásicos repertorios poéticos del tango canción, que alcanzaron encumbrada celebridad entre los años veinte y los años cuarenta.

Ante tan peculiar y rigurosa preceptiva poética como la enunciada, nada mejor que aceptar que son muy pocos los auténticos creadores dentro de la composición literaria del tango. Desde luego, muchísimos menos son los nombres fundamentales de la poesía, que los de la música.

Observemos que esa ortodoxia formal que parecieran imponer las reglas de juego antes referidas, admite la natural renovación de formas de expresión y de enfoques conceptuales con proyecciones de incuestionable jerarquía literaria. Es decir que el tratamiento de una temática permanente e inamovible -la nostalgia en primer término la reflexión resignada frente al fracaso o al desencanto, la actitud desgarradora teñida de sereno escepticismo -que es premisa sustancial, abre definidas perspectivas estéticas en la dimensión poética de la letra del tango. Y por esa búsqueda de una versificación más literariamente depurada, transitaron consagratoriamente José González Castillo, Enrique Cadícamo, Francisco García Jiménez, Héctor Pedro Bloomberg, Cátulo Castillo, Homero Manzi y José María Contursi. Y ese proceso de superación poética del tango, a nuestro juicio culmina con Homero Expósito. El más original, el más. importante y el más representativo de los poetas del tango, a partir de la brillante generación del cuarenta. Y para siempre.

Orientó Homero Expósito su inventiva literaria consagrada a la canción popular, en la confluencia de dos actitudes poéticas temperamentalmente opuestas, pero igualmente admirables: el romanticismo nostálgico y evocativo de Homero Manzi, y el grotesco dramatismo sarcástico de Enrique Santos Discépolo. De tan sutil combinación estilística y temática sin proponérselo, logró Expósito definir una novedosa y originalísima modalidad de interpretación para la letra del tango.

Siempre en la búsqueda de una mayor dimensión poética, impuso una novedosa renovación formal de expresión, utilizando con singular destreza la técnica del verso libre. Y logrando además enfoques conceptuales de marcado vuelo literario. Pero, invariablemente se ha dicho, sobre la temática permanente, inalterable e inamovible -insistimos- que hace a la esencia propia del tango.

Las letras de Homero Expósito aparecen fuertemente atraídas por la versificación idiomática refinada.... Y corrobora esta observación, aquel distingo que hemos formulado reiteradamente entre el simple versificador o letrista que escribe exclusivamente para el acople de la música, y el poeta, cabalmente poeta, que escribe bellos poemas para ser leídos y también para ser cantados. Es esta la exacta ubicación de la labor literaria de Homero Expósito en el tango.

Convengamos, desde ya, que la letra del tango es esencialmente elegíaca, es decir la composición poética de género lírico y asunto decididamente triste.

Es el canto al bien perdido. Por eso con tanto acierto observa José Gobello que «el tango no se ha hecho para cantar lo que se tiene, sino lo que se ha perdido». Y por eso además, es sentimental y nostálgico. Que son las dos notas configurativas de su argumentación permanente. Si inversamente, por mero espíritu de renovación fuera alterado ese inamovible presupuesto temperamental del tango se caería inevitablemente en la desvirtuación del mismo. De ahí la elogiable autenticidad de la poesía argumental de Homero Expósito, definitivamente elegíaca.

Con su inagotable inspiración poética, ha logrado Expósito el encanto de revertir con evolucionado y original sentido literario algunos de los personajes, de las situaciones, de las circunstancias, de las leyendas, que hacen a la temática del tango. Es indudable que las expresiones artísticas son bellamente valiosas por su intrínseco contenido estético, pero con prescindencia absoluta del transcurso inexorable del calendario, que de ninguna manera puede ser la medida para la vigencia o la caducidad de determinadas manifestaciones de la inspiración creadora.

Consecuente con lo expresado en cuanto al carácter del contenido de la letra del tango, Homero Expósito incursionó en los temas arraigadamente consagrados, que le confirieron personalidad inconfundible a nuestra canción ciudadana. Así, por ejemplo, el drama aquel de la humilde muchacha de barrio que dio el mal paso, y que Samuel Linnig inmortalizó en los sentidos versos de "Milonguita" y "Melenita de oro", erigiéndola en heroína del tango, es recreado veinte años después por Expósito en "Percal". Tal vez con otros nombres y otras influencias sociales, impecablemente revestida de renovada elegancia literaria.

Otro de los aspectos fundamentales que la obra de Homero Expósito aporta a la literatura de nuestra música popular, es su contundente aptitud de síntesis. Admirable aptitud de síntesis como sería exacto calificar. Esa aptitud de síntesis que tanto admiraba Enrique Discépolo, y no se cansaba de ponderar el acierto impecable aquel del tango "Percal", en que todo lo expresan aquellos dos apretados versos que dicen: "te fuiste de tu casa / tal vez nos enteramos mal...". O cuando resume con natural simplicidad aquello de "Pobre piba, por tu error / ya hay muchos tangos". "Cómo me gustarían esas admirables observaciones de Expósito, para alguna de mis letras", expresaba Discépolo con emotiva sinceridad.

También algo revolucionariamente innovador en Homero Expósito, lo constituye el manejo de la metáfora. Entendiendo por metáfora la figura retórica por la cual se traslada o transporta el sentido de una palabra o de una frase a otra imagen mediante una elaborada comparación imaginativa. En la metáfora de vanguardia habría una inocultable raigambre lorquiana, tan frecuente en Homero Expósito. Acierto incuestionable en la tanguística de nuestro poeta, imágenes tan felices como "malevo que olvidaste en los boliches / los anhelos de tu vieja".

El 5 de noviembre de 1918 nació Homero Aldo Expósito en Campana, provincia de Buenos Aires. Hijo de Don Manuel Expósito. Un respetado y prestigioso comerciante de Zárate (ciudad cercana Campana y a la ciudad de Buenos Aires) que jamás ocultó, con su proverbial dignidad, que había nacido anónimamente en la "Casa de Niños Expósitos" de la calle Montes de Oca en la ciudad de Buenos Aires. Allí comienza recién el árbol genealógico de los Expósito y el origen de su apellido.

Homero nació en Campana, en la casa de su abuela materna. Pero ya los Expósito estaban estrechamente arraigados al terruño. Tan es así que Homero siempre decía «soy un zarateño nacido en Campana».

Vivió la infancia en Zárate, donde cursó íntegramente la escuela primaria. A los seis años de Homero nació un hermanito, que se llamó Virgilio Hugo. Siempre juntos los dos hermanos en la historia del tango y de la vida. Juntos siempre anduvieron entre yuyos, cielo y verano. De esa unión fraternal provienen las inspiradas metáforas de "Naranjo en flor", de "Farol", de "Oro falso", "Pobre piba".- Después nació otro Expósito. El tercero y último, que se llamó Luis María. Sin vocación literaria ni musical. Otra destino.

Entre rebeldías, rabonas, indisciplina escolar terminó Homero la primaria. Traía tal vez en la sangre su irrefrenable vocación cultural. Decía ya en plena celebridad autoral que «nadie puede escribir un tango si no sabe escribir un soneto».

Don Manuel Expósito humilde y honrado padecía el orgullo de la cultura, del conocimiento literario, del conocimiento histórico. Además de su próspero negocio de repostería y confitería, sabía el idioma inglés, taquigrafía, dactilografía y lecturas filosóficas densamente asimiladas. Dejando a un lado su declarada vocación anticlerical, decidió que Homero ingresara al prestigioso Colegio San José de Buenos Aires. Pupilo ejemplar durante los cinco años de su bachillerato, ordenó totalmente su conducta intelectual. Fue luego cadete del liceo militar. Y su ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras, su gran vocación, cuya graduación interrumpió y reanudó muchas veces, abocado siempre a la impostergable necesidad de subsistir.

Las disciplinas culturales de su preferencia encontraron en Homero Expósito al estudioso despreocupado de toda consagración doctoral.

Cursó los ciclos universitarios a través de sucesivos abandonos y reanudaciones de los estudios superiores, hasta su muy próxima graduación. Logró una sólida cultura filosófica y literaria que siguió acrecentando permanentemente en su afán insobornable por las lecturas bien escogidas. Crítico erudito y ponderado, compartieron sus preferencias con equilibrado eclecticismo, los clásicos griegos y latinos, con las modernas corrientes literarias. Además el buen teatro fue inquietud apasionante desde su primera infancia. Fue organizador, director y actor de numerosas iniciativas de valor artístico en difundidos cuadros de teatro vocacional.

Llegó al tango con una sólida preparación literaria, que le permitió el tratamiento descriptivo de sus sólidos argumentos con admirable claridad anecdótica. Confesaba que le preocupó siempre el cuidado del lenguaje, logrando libertad absoluta en el empleo de las licencias idiomáticas del léxico corriente necesario. Decía que el impresionismo había invadido todas las formas de expresión, y no había motivo para que la letra del tango fuese una excepción.

Todo está comprendido en el padrón autoral de Homero Expósito. Todo. Desde la descripción del compadrón de "Te llaman malevo", o la exquisitez poética de "Margo" y "Flor de lino". Y desde la imagen temperamental de la gran ciudad enfocada desde la descripción estupenda de "Tristezas de la calle Corrientes".

Viajando una vez en tren desde Zárate a Buenos Aires, "Chupita" Stamponi le propuso vincularlo al núcleo de jóvenes músicos ya consagrados en la orquesta de Miguel Caló. Así fue que con Enrique Mario Francini, Armando Pontier, Domingo Federico, Osmar Maderna, Héctor Stamponi, su introductor, y su inseparable hermano espiritual Virgilio Hugo, alcanzó Homero una gran coincidencia creativa a través de formas concionísticas novedosas, y de incuestionable concepción renovadora del tango. Bien entendido, dentro de la temática y del temperamento invariablemente propios de nuestro tango, que caracteriza la fecunda obra de realización de la brillante promoción generacional del cuarenta.

Se inició Homero Expósito en la creación autoral hacia 1938. Su primer tango compuesto en colaboración musical con su hermano Virgilio Hugo Expósito, titulado "Rodando", fue estrenado, sin ninguna trascendencia, por Libertad Lamarque en Radio Belgrano, acompañada por la orquesta de Mario Maurano.

La coincidencia creativa entre Homero y Virgilio Expósito, alcanza a todo un repertorio, originariamente compartido, y de vigencia permanente entre los más selectos del tango canción. Luego de aquel intrascendente "Rodando" del debut autoral, surge "Farol". Y sucesivamente títulos que alcanzaron desde su presentación un lugar prominente en el género.

Virgilio Hugo Expósito es un brillante músico integral del tango. Pianista, inspirado compositor, director de orquesta, orquestador instrumental de brillante trayectoria. Debe reconocerse que a la labor de los hermanos Expósito debe la historia del tango uno de sus capítulos más interesantes y de permanente actualidad.

Algunos títulos fundamentales son "Naranjo en flor", "Absurdo", "Maquillaje", "Chau, no va más", lo último que escribieron juntos. "Percal", "Yuyo verde", "Tristezas de la calle Corrientes", "Al compás del corazón" (con música del bandoneonista Domingo Federico); con Armando Pontier "Trenzas"; con Héctor Stamponi "Flor de lino" (vals), "Qué me van a hablar de amor". Con Enrique Mario Francini "Ese muchacho Troilo". Con Aníbal Troilo "Te llaman malevo". Con Argentino Galván "Cafetín", "Esta noche estoy de tangos". Con Atilio Stampone "Afiches" y con Osmar Maderna "Pequeña" (vals).

Una de las más notorias excentricidades juveniles de Homero, siguiendo posiblemente la trayectoria comercial de su padre, fue hacerse bolichero. Instaló en el centro de Zárate un pequeño restaurante de menús selectos y legítimos vinos importados. "Lo de Homero" se denominó. Rotundo fracaso financiero a corto plazo. Concurrían los numerosos amigos a comer y a beber generosamente gratis, como en su casa, sin la menor intención de pagar. Y también los amigos de los amigos, provistos de igual caradurismo. Pensó Homero que la señalada falla comercial, se debía a la proximidad de sus amistades justamente en Zárate. Decidió cambiar de territorio. Se instaló en Mar del Plata (ciudad balnearia a 400 km de Buenos Aires). Exactamente en Punta Mogotes, en la esquina de las calles Falucho y Jujuy. "El Sibarita" se llamaba ahora, con una denominación más ambiciosa. Y una mayor catástrofe económica que la de Zárate. Siempre la legión de amigos gratis. No podía seguir. Se fundió. Perdió todo lo que tenía. Y quedó endeudado. Resolvió entonces poner fin a su descabellada aventura gastronómica. ¡Nunca más comerciante!

Liberado totalmente de su desafortunada aventura gastronómica, decidió Homero dedicarse a la atención de su repertorio autoral, que requiere una permanente vigilancia, más aún en pleno apogeo, en el momento más intenso de difusión en los años cuarenta. Ello implicaba viajar permanentemente de día y de noche, de Zárate a Buenos Aires, y de Buenos Aires a Zárate. Ya sea en tren, o en un antiquísimo automóvil en estado lamentable, sin capota, que cuando llovía manejaba Homero con una sola mano, sosteniendo con la otra un desteñido paraguas abierto para no mojarse. Todo esto con increíble naturalidad. Una tarde lo encontré muy fastidiado con Paco García Jiménez -siempre tan solemne- porque no le había aceptado a Homero subir al carruaje...

Cuando D. Manuel Expósito decide en 1945 vender su acreditada confitería de Zárate, Homero cada vez más saturado del trajín de los viajes, se radica definitivamente en Buenos Aires. Ahora consagrado a lo suyo, a la difusión de su exitoso repertorio. E ingresa en los círculos directivos de SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores). Se incorpora a los grupos juveniles de autores liderados por el vigoroso talento de Homero Manzi, para remover y modernizar la vetusta estructura de la vieja sociedad. Diría entonces Expósito «zarateño nacido en Campana y definitivamente aquerenciado en Buenos Aires para la actividad autoral». Se trata de desplazar a los jerarcas de la hasta entonces administración canarista, aparentemente imposible de ser eliminada. Dura lucha que propicia lisa y llanamente la eliminación de Francisco Canaro para acceder a una nueva presidencia de SADAIC. Inmensa tarea, pero gran unidad entre las generaciones juveniles de autores y compositores. Y llega el momento de asumir la conducción autoral con definitivos criterios de una total renovación.

Integra Homero Expósito como tesorero, prestigiosos directorios en los años cincuenta. Como aquel presidido por Cátulo Castillo, con Julio De Caro, José Maria Contursi, Juan José Guichandut, Pepe Razzano, Manolo Parada, Ciriaco Ortiz, Vicente Demarco, Aníbal Troilo, Homero Expósito, Virgilio San Clemente y Armando 8aliotti.

Transcurren años de intensa labor organizativa en SADAIC. Pero por diferencias tan frecuentes en el mundillo interno de los autores musicales, renuncia Expósito a la tesorería del directorio de SADAIC.

Y emprende de inmediato un postergado viaje a Europa. Anda, recorre, conoce, aprende, acrecienta su gran ilustración cultural. Europa. España, Francia. Nos encontramos en París. Compartimos días y noches interminables e inolvidables, guiados por el refinado conocimiento parisiense de Panchito Cao y Héctor Grané.

Definitivamente alejado de la actividad autoral, y del permanente patrocinio de su repertorio en presencia de los intérpretes creadores que elaboraran la celebridad de cuanto compuso talentosamente Homero Expósito, no se apartaba ya virtualmente de las inmediaciones de su amable departamento céntrico de la calle Lavalle, a una cuadra de SADAIC. Eludía encuentros callejeros, y motivos de evocación de toda una vida brillantemente consagrada a la música popular de la ciudad. Se fue apagando tenuemente la silueta vigorosa y comunicativa del poeta siempre querido y admirado.

Convengamos en admitir que la producción autoral de Homero Expósito conforma todo un ciclo de brillante e inspirada creatividad en la poesía del tango. Su forma de composición no tuvo continuadores. Contraste profundo acaso, con los músicos del tango, cuyas influencias estilísticas se han sucedido en todas las modalidades y en todas las épocas de su evolución. La inimitable originalidad de Homero Expósito constituye así un curioso fenómeno que contribuye a resaltar con más nítidos perfiles la sobresaliente personalidad creadora de este excepcional poeta popular de la ciudad, a quien nos atrevemos a considerar el gran poeta del tango.

Un día cualquiera, el 23 de septiembre de 1987, se nos fue "Mimo" Expósito, como cariñosamente le decíamos sus amigos. Mimo Expósito, el imaginativo poeta de "un arco de violín / clavado en un gorrión", se marchó en silencio. Lo mismo que Margo, la sufrida heroína de su bello poema, "sin canción y sin fe".

Originalmente publicado en la revista "Tango y Lunfardo", Nº 74, Chivilcoy 12 de mayo de 1992.

Expósito, Virgilio

Por Ricardo García Blaya

Pianista y compositor
(3 de mayo de 1924 – 25 de octubre de 1997)
Nombre completo: Virgilio Hugo Expósito

Hijo de padres anarquistas, nació en la ciudad de Zárate, en la Provincia de Buenos Aires.

Autor prolífico, con cientos de canciones, tenía catorce años cuando compuso el tango “Maquillaje” y, a los pocos años, el monumental “Naranjo en flor”, dos clásicos indiscutidos del género, ambos inspirados en letras de su hermano Homero.

Sus composiciones más destacadas, a mi gusto, son: “Vete de mí”, su bolero más popular con infinidad de versiones, los valses “Absurdo” y “Tu casa ya no está”, los tangos “Farol”, “Oro falso”, “Siempre París”, “Chau, no va más”, todos con versos de Homero y los instrumentales, “Chau Piazzolla” y “Parisien”, en colaboración con Héctor Stamponi. También con su hermano mayor, terminaron la obra póstuma de Enrique Discépolo: “Fangal”.

Fue un gran melodista y son muchos los éxitos, tanto por el reconocimiento de la calidad artística de su obra, como por la repercusión comercial. Pero fue un personaje polémico.

Recuerdo una tarde en un restaurante de la calle Talcahuano, lo ví por última vez tocando el piano. Era un lugar menor para alguien de su estatura artística y su talento. Es cierto, que sus desafortunadas opiniones sobre Carlos Gardel lo habían relegado bastante del ambiente tanguero, pero no creo que esa fuera la causa de ese auditorio indiferente, ni tampoco, que estaba allí en procura de un sustento material, más bien pienso que era su propia necesidad de seguir haciendo tango.

Era algo vanidoso y formulaba algunas aseveraciones irritantes, no me refiero sólamente a las destinadas a la sexualidad de nuestro Zorzal, también sobre las obras de sus colegas y sobre el desarrollo de la música popular; pero al mismo tiempo, una persona generosa y un muy buen maestro.

Como ejemplo, sus propias palabras: «Cuando hablo de los que admiro hablo de mí. Yo frecuenté a muchos grandes y cada día los veo más grandes, como cuando fui creciendo y ví mejor que nunca a mi padre. Yo creo que nací con el arte. Desde muy chico ya comprendía sin que me lo explicaran».

En un reportaje publicado en el diario Clarín en marzo de 1976, se ufana confesando: «Cuando uno tiene hechas más de dos mil canciones, cuando enseña y tiene discípulos, cuando se levanta cada día con un proyecto de vida nuevo, como ahora que acabo de formar un trío y canto, y venís vos y me preguntás cuantos años tengo, debo contestarte que no soy inmortal, pero soy un artista, y ellos no cumplen años sino obras».

Consideraba que eran muy pocos los buenos autores y que la canción popular de nuestros días es más torpe, poco melódica e improvisada que antes: «Cuando un tipo hace una canción en serio, está diciéndoles a todos dónde está la verdad y gana por ese simple detalle de la comparación, nada más».

Era crítico con los artistas que musicalizaban obras de poetas importantes. Respecto de Joan Manuel Serrat fue tajante: «Hay que tener cuidado con eso, la poesía es un género que tiene su razón propia de existir. Es como un pájaro terminado, con plumaje y alas y que vuela sin necesidad de guitarra. Hasta te diría que la poesía ni siquiera debería ser leída en voz alta. Lo que Serrat hizo con el romancero de Machado, en realidad lo hizo el romancero, que ya de por sí es un canto. Pero cuando él se puso a cantar a Miguel Hernández, lo único que hace es traicionar al poeta y a su poesía, porque se sirve de ella sin comprenderla. Yo creo que antes de ponerle música hay que sentarse a pensar un ratito».

También, en varias oportunidades criticó a los poetas de ocasión. Decía que en este país, cualquier borracho puede hacer una letrita, registrarla y, a partir de ese momento, ser considerado un autor. Estaba convencido que no se valora la poesía del tango, por considerarse un arte menor. «No concibo que en la Sociedad de Autores haya 17.000 socios y en Estados Unidos apenas 3.000. Y no es porque aquí tengamos más genios, allá son exigentes».

Respecto de las nuevas formas de interpretación: «En el tango se diferencian dos épocas: una de formación y otra de deformación. Aquí comienza mi teoría. En la primera los De Caro, Maffia, Contursi, Manzi, fueron construyendo un altar, piedra por piedra, fue todo un proceso de enriquecimiento, una cultura de la canción que el pueblo conocía y también entendía. Hasta allí la cosa tenía un ordenamiento lógico. Las disciplinas estaban sometidas a los sabedores y el director era el director y el arreglador el arreglador. Después viene la otra época. Es cuando el cantor de tangos se convierte en vedette y comienza a pasar encima de los músicos, de las letras, del director y de todo. Aureolado y aturdido por su propia imagen, como Narciso, reniega de la poesía, deja de someterse, inventa poses, asume un papel de “machieta” y canta para él, no para la canción creada. De esta deformación se salvan pocos, uno es Edmundo Rivero».

Siguiendo su pensamiento, esa deformación tuvo consecuencias sobre el público, le deterioró los oídos y, sentenciaba: «Peor, el público de tango se ha estancado. Y así festeja que el cantor siga pateando el suelo como hace cuarenta años, cuando pateaba el escenario porque los que estaban bailando no lo atendían. Entonces el cantor se engolosina y busca el aplauso en el final. Y no le importa que ese final sea bajo, cadencioso, como el de “Mi noche triste”. Él, igual, pega un alarido y gana un mal aplauso y siembra el desconcierto».

No obstante sus controvertidas opiniones, Virgilio Expósito fue un hombre culto —dominaba cuatro idiomas—, un magnífico pianista y, por sobre todas las cosas, un estupendo creador de belleza. Por eso, junto a su hermano Homero, está en la galería grande de nuestra música popular.